Liber 2014

Bennett Cerf y la época dorada de Random House. Josep Mengual

Todos fuimos muy honrados, y cuando la gente es así la cosa funciona para todos.
Bennett Cerff, Llamémosla Random House.

Bennett Cerf (1898-1971)

En los libros de memorias de los grandes editores, en particular de los estadounidenses, es común encontrar, entre otras cosas, retratos de autores importantes realizados a partir de alguna anécdota significativa, una línea argumental acerca de la evolución del mundo editorial, consideraciones sobre el oficio de editar textos y notas más o menos cómicas tras las que se adivinan una serie de juergas, excesos o jolgorios más o menos notables.  Llama la atención, por ejemplo, que en Egos revueltos, de Juan Cruz, los jolgorios sean tan abrumadoramente numerosos en comparación con el relato (apenas existente) sobre cómo se editó tal o cuál libro, qué sugerencias de mejora se hicieron al autor antes de publicar un libro y si los aceptó o no, qué autores requerían un mayor y más profundo trabajo de mesa y cuáles no. Quizá se debe a que el libro de Juan Cruz no es en sentido estricto un libro de memorias, pero su libro acaso puede transmitir una imagen del oficio de editar como propia de diletantes y gente de mal vivir que casi nunca se corresponde con la realidad.



Cuanto más conozco a Amazon más valoro el trabajo de la edición y la librería independiente. Bernat Ruiz

Cuanto más conozco a Amazon más valoro el trabajo de la edición y la librería independiente. Hace tiempo que no compro libros en Amazon –con la única excepción de un libro digital que sólo está disponible ahí. Hace tiempo que no enciendo mi Kindle –aunque sí la App del iPad o del smartphone- para leer los libros que compré en su día. Hace tiempo que no me siento cómodo comprando en Amazon. 

El título de este artículo está inspirado en el libro “En los dominios de Amazon” de Jean-Baptiste Malet. Que nadie me acuse de frivolizar con ciertas cosas si antes no ha leído el libro del mencionado periodista francés para entender el trasfondo totalitario del modelo de negocio de Jeff Bezos. La relación que yo establezco no es absoluta sino relativa. Amazon no mata a nadie, no obliga a nadie a trabajar en sus centros logísticos, no hace nada exactamente ilegal, al menos no más que otras empresas. El problema con Amazon –y con esas otras empresas- es de valores. Antes que alguien crea que podemos meter a todos en el mismo saco, atentos a ciertas iniciativas de IKEA, en todas partes cuecen habas pero no todas se cocinan igual. Vamos todos en el mismo barco, pero no todos remamos en la misma dirección ni ponemos el mismo empeño.

Enrique Redel. Un estado de ánimo



 Me llamo Enrique Redel



 Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como...  Que yo sepa, como Enrique Redel. O bien como Redel, a secas. Con el apellido acentuado llano o agudo, una cuestión controvertida que ni yo mismo sé dilucidar.

 Me gusta leer porque Porque cuando leo es el único momento del día, además de cuando duermo, en que estoy conmigo mismo de verdad. Cuando lees, el mundo de alrededor se apaga, y el lector desaparece. Porque si algo nos hace humanos es la curiosidad, y porque leer la sacia. Porque leer me saca de aquí, y me lleva a otros sitios que no conozco.

 Cuando tenía doce años quería ser Dibujante de cómics. Escritor. Profesor de literatura.

 Hoy soy Editor de libros.

 Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que No suele ocurrir. Quizás porque mi trabajo es mi pasión, la mayoría de la gente con la que hablo es del sector, o bien conocen mi trabajo. Pero para los "desconocidos", primero, suelo hacerlo como pidiendo disculpas (es habitual que te pongan cara de extrañeza cuando les sueltas que eres "editor"). No es algo de lo que presuma, editar libros. Me preocupa no ser bien entendido. En plan labor didáctica, les digo que me dedico a elegir libros que me interesan, narrativa sobre todo, y que luego los publico a mis expensas. La gente no suele tener ni idea de lo que les hablo, y no entienden cómo alguien se puede dedicar a algo llamado "editar libros". No conciben que exista algo entre el escritor (una estrella siempre, para ellos no existe el escritor que a la vez es contable o funcionario, que es lo habitual) y el librero. Como mucho está el impresor. Tienden a pensar que los escribimos nosotros y luego nos los pagamos. En fin, la labor de explicación del cómo y el porqué es complicada. El cine y la televisión nos ha hecho mucho mal. La gente ve demasiadas películas y en ellas los autores son siempre exitosos y millonarios. Y el editor no existe.

 Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así:  Una carrera contrarreloj en la que tienes que hacer muchas cosas a la vez todos los días (leer en varios idiomas, corregir, cotraducir, escribir, responder a periodistas, hacer llamadas, hacer cuentas, rellenar y cargar cajas y sobres, ir a correos, idear estrategias, escuchar a autores, traductores, distribuidores, asistir a comidas, a cafés, a cenas, visitar librerías, en tu ciudad y fuera, ir en tren, en avión, en coche a los sitios más dispares). Las semanas tienen siete días y los años doce meses. Y se suele planificar con tu distribuidor o con tu equipo cuándo te casas o cuándo te vas de vacaciones o cuándo conviene que te operes de algo no muy urgente, pero molesto.

 Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando… Tuve que explicarle a la simpática señora de Correos, a la que conocía desde hacía aproximadamente un año, que yo no escribía todos los libros que llevábamos cada semana a su oficina. Creo que debía de hacerse cruces con mi capacidad creativa. Aunque, como todo el mundo sabe si ve la televisión, los libros se escriben generalmente en quince días, en un resort caribeño, un café bohemio o durante unas vacaciones de semana santa en que uno está inspirado. La gente ha visto muchas películas.

 Y lo peor No suelo tener muchas experiencias negativas editando libros. Siempre pasan cosas desagradables, evidentemente, pero casi siempre se acaban compensando con experiencias satisfactorias. Como mucho, hay libros en los que confías y que al final no cuajan. O libros que, por alguna razón, te salen mal en el peor momento. Pero la sangre nunca llega al río.

 Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con La cantinela de que los libros son caros, que los libros electrónicos tienen un precio abusivo, que toda la cultura debería ser gratis, porque cobramos todos de la SGAE. Que el libro en papel va a desaparecer en diez años (recuerdo que hace diez años también lo decían, incluso me pidieron un artículo hablando de ello, que se publicó) y que los que pensamos lo contrario (en una convivencia fecunda, con cierta ventaja del papel para el género ficción clásica) estamos anclados en un pasado romántico.

 He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando Aún no he perdido el entusiasmo. De los pocos lujos que tiene ser editor, el mayor es que puedes hacer lo que quieres, publicar lo que te gusta, y eres dueño de tu tiempo y de tu vida. Y te rodeas de la gente que te interesa. Con esas premisas, perder el entusiasmo sería de imbéciles.

 Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es Encontrar un buen título para publicar. Cuajar una buena portada. Tener un libro nuevo, recién sacado de la caja en las manos, ver que la imprenta ha hecho un excelente trabajo (a uno le apetece salir con el libro a la calle, presumir de él en tanto objeto bello) y dárselo al primer librero, enviárselo al primer periodista, con una nota. Estas experiencias superan con creces una página en un suplemento cultural, o una facturación buena, incluso un éxito de ventas.

 El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando Una mañana de octubre de 2008, Javier Cambronero, buen amigo, distribuidor y gran promotor de nuevas editoriales (él fue el responsable casi personal de que la nueva camada de sellos jóvenes de mediados de los años 2000 llegáramos a establecernos) nos fue llamando a todos los editores de Contexto, uno a uno, anunciándonos que habíamos ganado el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial. Yo estaba en Barcelona y recuerdo que me pareció imposible. Antes que nosotros habían sido premiadas editoriales como Anagrama, Tusquets, Crítica, o editores como Jaume Vallcorba, auténticos referentes de una generación de lectores a la que yo pertenezco. Hablé con Luis Solano, editor de Libros del Asteroide, y montamos una comida para celebrarlo. Por encima de la importancia que pudiera tener el premio, fue la constatación de un cambio generacional en el mundo de la edición, que dio paso a excelentes proyectos que nacieron bajo el paraguas de ese premio: Errata Naturae, Libros del KO, Blackie Books, etcétera.


 Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a… A leer por placer. Preferiblemente al aire libre, en la casa que tengo fuera de Madrid. Tampoco es que sea nada del otro mundo, pero hay un par de árboles y una pérgola bajo la que refugiarse del sol. Compro muchos libros a lo largo del año que voy reservando para cuando tengo dos días libres. Aun así, estamos intentando acotar nuestra jornada laboral y tener al menos un día de descanso a la semana. La labor editorial siempre es voraz, siempre hay cosas que hacer, nunca acaba, y hay que ponerle coto, o bien contar con un equipo que te ayude.

 Así es como veo el futuro de mi profesión… Editar libros es cada vez más fácil (en el sentido de "accesible") por causa de la tecnología. Cualquiera con un capital mínimo, conocimientos de diseño y el software adecuado puede lanzarse a editar libros. Ante tal panorama, el editor ha tenido que convertirse en alguien mucho más especializado. Es fundamental si quieres que tu proyecto dure más de los seis meses en que se te acaba el dinero. El editor, antes en su torre de marfil, se verá obligado a salir más, a estar más presente, a manejarse hábilmente en las redes sociales, a reaccionar más rápido ante las tendencias marcadas por los lectores. Si antes el editor era un tipo con financiación y gusto literario, ahora ha de ser también un comunicador, y tener más puesta su atención en las innovaciones de la tecnología, en las nuevas maneras de distribuir contenidos y en la aceptación de la virtualidad del libro. Del objeto (casi artesanal) se pasa al contenido, flexible para muchos formatos, y al proyecto nunca acabado, siempre en construcción. Si no se aceptan tales premisas, uno estará abocado al fracaso.

 Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda… Viajando y leyendo en algún sitio tranquilo. No descarto, no obstante, el modelo alemán: retirarme a algún lugar templado con playa y abonarme a la vida tranquila. Lo que pasa es que, según están las cosas, y con lo poco que cotizamos los autónomos, me parece que eso es más un sueño que una perspectiva con visos de realidad.

 El último libro que he leído ha sido… Como editor, la versión que irá a imprenta de La vida sin armadura, de Alan Sillitoe. Como lector, Un paraíso inalcanzable, de John Mortimer (que ha editado Libros del Asteroide).

 Y lo conseguí en...  El libro que he leído como editor, no hace falta que lo explique. Un paraíso inalcanzable, de John Mortimer, me lo regaló su editor en la última Feria del Libro. Lo reservé para las vacaciones. Aun así, compro una media de dos libros a la semana en librerías. El último, El país de la canela, de William Ospina.

 Y el primero que recuerdo que leí fue En mi casa siempre se ha leído mucho, a pesar de que vengo una familia de clase media muy normal, nada académica. Tanto mi abuelo como mi madre eran lectores compulsivos. A ellos, en grandísima parte, sobre todo a mi madre (que leía por placer, con fruición, no por obligación ni por elitismo), debo mi afán lector. Supongo que debieron de regalarme algún tipo de libro sobre historia sagrada cuando era pequeño, porque andaba con cinco o seis años obsesionado con Adán y Eva y con Moisés (como decía Umberto Eco, el Pentateuco es "Puro Salgari"). No obstante, el primer libro que recuerdo haber leído y disfrutado (con título y autor) era uno llamado Negrito Revés, de Poli Michelis. Contaba las aventuras de un niño de suburbio en una ciudad americana llamada Belmore. Lo leíamos en clase, en segundo de EGB, en una especie de biblioteca de aula, y a mí me apasionaba. Era muy divertido. Nunca he vuelto a encontrar un ejemplar, pero lo reconocería a la primera si lo viera.
El primer libro que compré como lector adulto, no obstante, fue La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Fue en la desaparecida librería El Aventurero, en la calle Toledo. Hoy es una tienda de souvenirs de Madrid, y el día en que cerró casi me muero de pena.

 En mi mesilla tengo ahora para leer… Las Novelas de Stefan Zweig editadas en un solo tomo por Acantilado.


 -          http://impedimenta.es/portada.php



-                http://danielheredia.com/enrique-redel-no-quiero-publicar-lo-mejor-de-cada-tradicion-sino-libros-que-yo-me-compraria/

OTROS ESTADOS DE ÁNIMO 

Juan Carlos Sierra. Un estado de ánimo



Me llamo Juan Carlos Sierra.

Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como profesor de literatura en Secundaria, antólogo de poesía española contemporánea y crítico fundamentalmente en el blog Estado crítico.

Me gusta leer porque me produce un inmenso placer.

Cuando tenía doce años quería ser futbolista.

Hoy soy profesor de literatura en Secundaria.

Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que para mí es uno de los placeres más sencillos y baratos que conozco.

Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así: trabajo intentando contagiar el placer de la lectura y cuido a tiempo completo de mis dos hijos.

Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando… realmente no creo que me haya pasado nada muy extraño.

Y lo peor, relacionado con el mundo de los libros, es que no me hayan devuelto algunos de los que he prestado.

Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con que leer o escribir es una parte de tu ocio, que realmente no pasa nada si no lo haces.

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando veo las cifras de lectores y lo que se lee de forma mayoritaria en este país.

Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es llegar a comprobar que alguno de mis alumnos o exalumnos sigue leyendo por su cuenta.

El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando me llamó un antiguo alumno para que lo orientara con un título porque quería seguir leyendo esos poemas que leíamos en clase.

Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a leer.

Así es como veo el futuro de mi profesión: negro, muy negro, gracias a la torpeza y la mala leche de nuestro ministro Wert.

Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda leyendo y escribiendo.

El último libro que he leído ha sido La isla del tesoro.

Y lo conseguí en una promoción de un periódico nacional.

Y el primero que recuerdo que leí fue Ilusiones de Richard Bach –aunque no me sienta realmente orgulloso de ello-.

En mi mesilla tengo ahora para leer La tristeza de las fiestas de Mariano Peyrou.

Me gustaría añadir que la salud de la poesía española actualmente es envidiable desde el punto de vista de la creación, pero no se puede decir lo mismo en cuanto a número de lectores; y en esto último los profesores de literatura tenemos buena parte de culpa.

-          Enlace : www.criticoestado.es  

OTROS ESTADOS DE ÁNIMO 

Antonio García Maldonado. Un estado de ánimo



Me llamo… Antonio García Maldonado

Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como… Maldonado

Me gusta leer porque… Es la mejor manera de vivir cosas que, por pura biología y, sobre todo, pereza, falta de dinero, de oportunidad y de momento histórico, no podría hacer de otra manera. Compagina bien con mi misantropía general, además.  

Cuando tenía doce años quería ser… Portero del Real Madrid. A los 31, es lo que quiero seguir siendo, y no he perdido la esperanza aún. 

Hoy soy… Economista, consultor político para asuntos latinoamericanos, periodista cultural en El Asombrario y otros medios, editor, redactor de informes de lectura para Acantilado. 

Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que… Primero, intento no ir a la boda, y si voy por cercanía extrema con el casado, mis amigos me suelen poner en mesas donde todos solemos tener afinidades, cuando no mucha amistad. En todo caso, las explicaciones las tendrían que dar los que no leen. Si tengo que poner una excusa a alguna tía o a algún extraño al que había que colocar en alguna mesa, suelo decir, para que no se preocupen, que es que viajo mucho, y me aburro en los aviones.

Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así:… Viajo mucho, y vivo temporadas fuera, así que mi rutina se trastoca mucho, pero en las temporadas estables, suelo levantarme muy temprano, y leo la prensa en internet, trabajo hasta las ocho más o menos, siempre, cada vez más, con música de fondo durante todas las horas del día que puedo. Leo unas dos horas antes de dormir, y vuelvo a ponerme música para la estocada final. 

Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando…Fue tan raro que, cuando lo cuento, siempre comienzo diciendo que tengo testigos. Fue en mi pueblo de Málaga, hace un par de años, pelándome en la barbería de toda la vida de la calle de la farmacia de mi padre y mi hermano: el barbero, conocido de toda la vida, ya mayor, empieza a jalear a un señor que está sentado detrás de mí, pero que no va a pelarse, sino por puro aburrimiento. Le anima a que me ponga en su móvil sus cantes. El señor, de unos 60 años, lo hace, y empieza a emocionarse y a bailar mientras se escucha en el móvil. Yo, mientras, con media cabeza pelada, viendo todo por el espejo. De repente, el barbero le dice: “Vamos a hacer las cosas bien”, y me deja allí, y se pone a hacerle percusión de cajón flamenco con una mampara que servía de cuartito para guardar los útiles de limpieza. El cantaor apaga el móvil y se pone a cantar cante jondo y a bailar al ritmo de la percusión de mi barbero. “Nove, qué maravilla…”, termina el barbero a los pocos minutos, y como si nada, vuelve a la tarea con mi pelo. Ese día, fui incapaz de leer nada. 

Y lo peor… Respecto al libro, no es algo que me haya pasado, sino que me sigue pasando: la angustia borgiana de saber que no voy a tener tiempo ni en cuatrocientas vidas de leer todo lo que ya tengo anotado como “leer este año”, “imprescindible”, o directamente comprado y en mis estanterías. Por eso agradezco las librerías pequeñas, que me seleccionan y, a su manera, editan. Para almacén de libros ya está Amazon. Por eso compro y disfruto en las independientes y pequeñas.  

Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con… Amazon, Jeff Bezos, el precio fijo, que qué envidia Francia, que google ens roba, que la piratería… Es uno de los gremios con más problemas, pero tiene también la virtud de ser uno de los más nutridos en cuanto a chivos expiatorios. 

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando… Sólo cuando estoy en casa de mis padres e Isabel, que limpia en casa desde que soy chico (no es que aún esté sucia y no haya terminado, se entiende, sino que va desde entonces), confunde que estoy leyendo con que no estoy haciendo nada o que estoy aburrido y me pone a ayudarla en sus tareas. Esa conjunción lectura-aburrimiento ya la había sufrido antes con una suegra.

Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es… En el mundo del libro he pasado, excepto por la distribución, por todos los eslabones de la cadena, y el que más he disfrutado, y con el que me quedaría sin dudarlo, es con el de lector. 

El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando… Como periodista cultural, fueron importantes para mí mis primeros artículos en Babelia y ABC Cultural. 

Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a… Soy el mayor cervecero de España. En algunas civilizaciones antiguas, los fabricantes de cervezas estaban exentos de ir a la guerra. Yo propongo algo similar. Una vez resuelto el asunto del zumo de lúpulo, me siento a ver alguna buena peli, o me pongo música. 

Así es como veo el futuro de mi profesión… Intento no analizarlo demasiado, y en cualquier caso, cuando lo hago, me consuelo pensando que creo que mi generación se morirá aún leyendo libros en papel. Sí creo que es un sector sobredimensionado, y no cabemos todos. Tenderá a reducirse, a ser muy selectivo, y creo que, a la larga (dramas laborales aparte) no tiene por qué ser algo malo. En cualquier caso, la tarea es crear lectores: de que eso se haga, el futuro será uno u otro.

Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda… No quiero jubilarme nunca. Voy a ponerme cursi y a utilizar una frase de un speechwriter de Obama: “Dedícate a tu pasión y no tendrás que volver a trabajar en tu vida”. Me moriré (segunda vez que lo escribo, y empiezo a preocuparme) leyendo, escribiendo, viendo cine, series, y me temo que a Isabel la que no me deja leer en casa de mis padres. A mi ex suegra ya no la veo.  

El último libro que he leído ha sido‘Las cuatro estaciones de Atenas’ (Libros del KO), de Mariangela Paone.

Y lo conseguí en…Si no recuerdo mal, en la librería madrileña Tipos Infames. 

Y el primero que recuerdo que leí fue…Fray Perico y su borrico, y todas sus secuelas y precuelas.

En mi mesilla tengo ahora para leer…Unas crónicas de viaje de Julio Camba (Fórcola), los Diarios de Thoreau (Capitán Swing) y los el último de Javier Gomá,  Razón portería (Galaxia Gutenberg).  

Me gustaría añadir que…El Premio Pulitzer 2013 de Manu Brabo lo merecía, en realidad, la fotografía del desmayo de la Pantoja saliendo condenada de los juzgados de Málaga. Dicho esto, y ya más tranquilo, diría que, los que estamos en el mundo del libro de una manera u otra, nos deberíamos comprometer más de una forma muy sencilla: comprando más y pidiendo menos envíos a los editores, salvo reseña asegurada. Seamos nuestros mejores keynesianos comprando, e impulsemos nuestro plan Marshall creando lectores.  


Mi Twitter: @MaldonadoAg


Las lecturas de los Estados de ánimo -1

En estos meses de agosto y septiembre que para algunos huelen a vacaciones queremos recoger algunas de las propuestas y sugerencias lectoras de los 51 Estados de ánimo del primer año de andadura.

No están todas, pero sí, por lo menos, una por Estado de ánimo.

Os daréis cuenta que entre todas formarían una mesa de novedades quizás muy distinta a muchas de las habituales.

Ahí van por orden alfabético de título la primera entrega de las tres preparadas

  1. 14; Jean Echenoz, Anagrama
  2. Años luz; James Salter, Salamandra
  3. Bajo el cielo de Greene Harbor; Nick Dybek, Salamandra 
  4. Berlín secreto; Franz Hessel, Errata Naturae 
  5. Contra el rebaño digital; Jaron Lanier, Debate
  6. Cuando pase tu ira; Åsa Larsson, Booket
  7. De la tierra a la luna; Julio Verne, Alianza
  8. El amor que nos vuelve malvados; Marina Sanmartín, Principal de los Libros
  9. El anarquista que se llamaba como yo; Pablo Martín Sánchez, Acantilado
  10. El libro de los viajes equivocados; Clara Obligado, Páginas de Espuma
  11. Limónov; Emmanuel Carrère, Anagrama
  12. Los jardines de la disidencia; Jonatham Lethen; Random
  13. Mariano Fortuny, Arte, ciencia y diseño; Guillermo de Osma, Ollero y Ramos
  14. Piensa, es gratis; Joaquín Lorente, Booket
  15. Todo lo que era sólido; Antonio Muñoz Molina, Seix Barral
  16. Y las montañas hablaron; Khaled Hosseini, Salamandra

Villar Arellano Yanguas. Un estado de ánimo



Me llamo Villar Arellano Yanguas

Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como Villar o Vivi, de Civican.

Me gusta leer porque me hace olvidar males, enciende emociones, enfoca ideas, me ayuda a conectar, activa resortes, propicia cambios y me hace sentir más fuerte.

Cuando tenía doce años quería ser puericultora, cuidadora de niños (afortunadamente, lo de azafata del Un, dos, tres ya se me había pasado…)

Hoy soy bibliotecaria o, para quien necesite pistas y le guste jugar, “biblioeducatriz sociolecturera”

Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le recomiendo un libro y se lo anoto en mi hoja del menú: 101 buenas razones para leer, de B. Masini y L. Guillaume (Anaya)

Sin embargo, en realidad, mi día a día es más bien así: muy corto. Los días son demasiado breves para todo lo que hay que hacer: leer, reseñar, debatir, diseñar, redactar… las horas se van entre proyectos, presupuestos, encuentros, valoraciones, risas, cartas, libros, conversaciones, paciencia, música, incertidumbre, sueños…

Lo más raro que me ha sucedido nunca fue en un viaje. Lo más raro me ha sucedido siempre viajando. Durante 17 años viví en Salamanca y cada uno o dos meses viajaba a Pamplona. Muchas veces en tren. En los viejos expresos con compartimentos, si no se iba leyendo, se hablaba de todo (no había teléfonos móviles y todos éramos un poco menos “taciturnos”) y a veces surgían encuentros memorables (para bien o para mal). En una ocasión en que casualmente había olvidado llevar lectura, me vi sola con un único compañero de trayecto (un tipo de unos veinte, cejas depiladas en punta, pelo oxigenado rapado al uno), que trataba de convencerme con absoluta seriedad de su naturaleza extraterrestre y de la importante misión de su viaje: el exterminio de la raza humana. Aquel día me cambié de vagón horrorizada, mientras juraba que nunca más volvería a dejarme el libro-escudo en casa.

Y lo peor… Las pérdidas son siempre lo peor. Algunas, irreparables, como la muerte de mis padres, dejaron una sensación de vacío y desarraigo que nunca desaparece del todo. La impotencia y la rabia hacen más difícil aceptar la separación.

Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con “Bibliotecaria, que tranquilo ¿no? ¡Cuánto tiempo para leer!” o “Ahora que hay libros electrónicos y que todo está en la web, las bibliotecas ya no son necesarias”. ¿Como hacerles entender que los libros y los usuarios necesitan un empujón en su primera cita, que Internet es un monstruo que hay que aprender a domar o que la información debe cocinarse para que no sea indigesta?

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando  ciertos responsables no supieron apreciar el esfuerzo de nuestro equipo y nos trataron con desconfianza e injusticia. Afortunadamente, el entusiasmo volvió pronto.

Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, son las personas: lectores y compañeros. Respecto a los primeros, los clubes de lectura que he coordinado y los adolescentes y adultos que participaban en ellos me han dado las mayores satisfacciones de este trabajo. En cuanto a los bibliotecarios, siempre he trabajado en equipo y he tenido la suerte de contar con estupendos compinches: un lujo de compañeros y una red de colegas cercanos que de vez en cuando se embarcan en nuestras chifladuras. Todos ellos son gente a la que quiero y admiro y son los que me hacen sentir orgullosa de esta profesión.

El mejor día que recuerdo en el trabajo… Recuerdo con especial emoción dos llamadas de teléfono que dieron paso a dos proyectos muy especiales para mí: una, a José Miguel López (que nos iba a destapar la caja de los ritmos étnicos); la otra, a Lolo  Rico (que nos enseñaría a mirar debajo de la pantalla en el cine infantil). Ambos han sido generosos cómplices de sueños, proyectos y amistad. Les estoy muy agradecida por haberse cruzado en mi vida.

Cuando quiero tomarme un descanso… me encanta leer a ciegas, sin condicionantes, recuperando títulos aparcados, cómics, autores fetiche...  pasando de uno a otro sin prisa, haciéndome la remolona. Me gusta viajar con mi familia, escuchar música, ir al teatro, ordenar viejas fotos, hacer manualidades y, sobre todo, charlar con la gente que quiero.

Así es como veo el futuro de mi profesión… Lo más vivo en las bibliotecas públicas son los clubes de lectura, las visitas de escolares, los encuentros con autores… Las bibliotecas tienen un interesante futuro social.

Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda… Ojalá pueda hacerlo, y ojalá me quede tiempo y nos dejen recursos. Me encantaría viajar con mi pareja y también cultivar mi faceta artística.

El último libro que he leído ha sido un cómic: Ardalén, de Miguelanxo Prado.

Y lo conseguí en la biblioteca.

Y el primero que recuerdo… No recuerdo el primero que leí, pero sí el primero que compartí con mi madre. Yo tendría 7 u 8 años. Ella estaba convaleciente en la cama y yo le leía cada día un capítulo de Heidi, de Juana Spry. También recuerdo, más atrás, imágenes de un álbum ilustrado en casa de unas vecinas, pero es sólo un fogonazo, un agujero negro de la memoria sin título ni autor. Todo un reto para una bibliotecaria tozuda. 

En mi mesilla tengo ahora para leer El adoquín azul, de Francisco González Ledesma y otro cómic: La gigantesca barba que era el mal, de Stephen Collins. También tengo recién compradito, en el ordenador, Orgullo y satisfacción, de Bartual, Guillermo, Monteys, Fontdevila y Vergara.

Me gustaría añadir que el mayor enemigo de la lectura es la falta de libertad para elegir o pensar. La censura es intolerable.

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Alberto Vicente. Un estado de ánimo



Me llamo…Alberto Vicente


Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como…uno de los anatómicos, por el blog de anatomía de la edición y por mi empresa anatomía de red.

Me gusta leer porque…no tengo que hablar y me ayuda a entender muchas cosas.

Cuando tenía doce años quería ser…cirujano.

Hoy soy…lo que quiero ser: editor con formación en economía y edición. Todo lo que he hecho en la vida me ha llevado hasta aquí, cosa que agradezco. Estudié economía porque en mi juventud aspiraba a entender el mundo y comprender porqué unos países eran ricos y otros no (así pensaba por entonces), pero con el paso de los años estudié edición porque quería trabajar en el mundo de los contenidos y de los libros. Las humanidades siempre han sido mi prioridad.

Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que…nadie me preguntó nada semejante en una boda, pero si lo hicieran cambiaría de tema, hay cosas que no merece la pena explicar.

Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así: Me pongo al día de la actualidad, atiendo a mis clientes, trabajo, trabajo, trabajo y más cosas…

Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando…me invitaron a participar en una charla sobre neurociencia.

Y lo peor…ver algunas inquinas en el sector.

Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con…”yo prefiero los libros en papel, no me gustan los digitales”.

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando…el trabajo me desborda, entonces me paro, respiro, priorizo y sigo.

Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es…crear y participar en proyectos nuevos, estar en un sector que, aunque no lo vemos, está sufriendo una metamorfosis importante, y poder conocer a gente de una valía sensacional de los que intento absorber todo lo que puedo.

El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando…firmé los papeles para crear Anatomía de red junto a mi socio y amigo, una empresa deseada y querida por ambos.

Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a…pasear por librerías y leer novela negra, una de mis pasiones. También he vuelto al spinning pero termino más cansado así que lo hago intermitentemente.

Así es como veo el futuro de mi profesión…prometedor y con muchas cosas por hacer.
Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda…leyendo y aprendiendo a hacer fotografías si no he sido capaz de aprender antes.

El último libro que he leído ha sido… La corrosión del carácter de Sennett.

Y lo conseguí en….dos días. Era algo pendiente, no siempre se puede hablar de oídas.

Y el primero que recuerdo que leí fue…una edición del Círculo de lectores para niños de Robinson Crusoe que todavía conservo.

En mi mesilla tengo ahora para leer…demasiados libros: Arte Salvaje, una biografía de Jim Thompson editada por Espop, una de mis editoriales favoritas; Desigualdad de Wilkinson y PIckett editado en Turner, imprescindible para entender como afectan las desigualdades sociales en la “felicidad social”, y En la orilla de Chirbes.

Me gustaría añadir que…al final, el tiempo pone las cosas en su sitio (o no).

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Álex Oviedo. Un estado de ánimo



Me llamo Álex Oviedo.



Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como Álex, a veces Oviedo, el que escribe en el Bilbao; dicen que soy revisalsero, ajista —gran término para definir que estoy metido en todos lo ajos— y algún otro apelativo mucho menos amable. Una vez Pedro Ugarte me dijo una frase que no sé si me define pero sí me hace gracia: ¿quién no tiene alguna historia con Álex Oviedo? ¿O quién no ha colaborado alguna vez conmigo? Quizás porque me cuesta decir que no.

Me gusta leer porque es, junto con el cine, mi forma de evadirme de la realidad. Y además me gusta descubrir historias que yo no sería capaz de imaginar. Me da envidia la imaginación de muchos escritores. Disfruto con sus historias.

Cuando tenía doce años quería ser biólogo. Me encantaban los animales, coleccionaba fichas con fotos y características de todos ellos, me leía de principio a fin la enciclopedia Fauna de Félix Rodríguez de la Fuente, además de ser un fiel seguidor de El hombre y la Tierra. Hasta que un día me dio por escribir. Y en poco más de un mes terminé lo que sería mi primera incursión en la novela de detectives, siguiendo los pasos de Erle Stanley Gardner y Agatha Chistie. Un horror, por cierto, que no me desanimó. Desde entonces no he parado, aunque muchos de mis escritos hayan acabado en una papelera.

Hoy soy muchas cosas: periodista (de carrera), escritor y editor (de vocación), diseñador gráfico y gestor cultural (laboralmente hablando), profesor (en talleres literarios), crítico (con el tiempo que nos ha tocado vivir y con muchas de los eventos que se organizan), boca-chancla (no soy nada diplomático)… Y seguramente alguna más que no recuerdo.

Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que me gusta escribir, que incluso he publicado algunos libros. A la gente le llama la atención que alguien dedique parte de su tiempo a inventarse historias. Pero la conversación termina muy pronto. Y en una boda ni te cuento.  

Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien sencillo, sin demasiadas estridencias, me levanto, desayuno, voy al trabajo, quedo con mi socia, pensamos en nuevos proyectos que llevar a cabo, contactamos con nueva gente, hablamos de sus proyectos o de los nuestros, y así hasta que llega la noche. Y es cuando, ya en casa, me pongo a escribir. Lo sorprendente es cuando de todo ese maremágnum nace alguna cosa positiva. O cuando ves que has pasado horas con un proyecto y el esfuerzo realizado obtiene la recompensa de un libro, una exposición, un encuentro literario en el que conoces a un escritor que te sorprende. Nos pasó hace poco al conocer al escritor brasileño Rodrigo Lacerda, a quien hemos traducido al castellano Otra vida. Conocer la obra de otro autor o la forma que tiene de llegar a un argumento es una de las riquezas de este trabajo.

Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando un amigo me dijo que me envidiaba porque siempre había tenido muy claro lo que quería ser y no había parado hasta conseguirlo. No es que sea raro, es que yo me había pasado la vida envidiándole a él.

Y lo peor de este trabajo es darse cuenta de que también aquí dependemos del mercado, de gente que sólo sabe de números y no de libros, y mucho menos de calidad literaria o editorial. O que por desgracia muchas de las actividades literarias que se organizan se hacen con precipitación, amparados en esquemas caducos, por gente sin ideas que no acepta la crítica. A nivel editorial, lo peor es pelearse con los distribuidores, que son un mundo aparte.

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando después de estar organizando durante meses la presentación de un libro te enteras de que no está en ninguna librería de la ciudad porque el distribuidor no lo ha considerado importante. O porque otra editorial un poco más grande que la tuya sí lo es y ha dado prioridad a sus títulos.

Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es como editor ver el resultado cuando tienes el libro en las manos y el rostro de alegría, sorpresa, emoción de los autores cuando ven su obra finalmente publicada. Algo mismo me sucede a mí como escritor. Un subidón extraño que te lleva a manosear el libro como si no creyeses que lo que está escrito ahí dentro fuera tuyo.

El mejor día que recuerdo en el trabajo es cada vez que un proyecto que llevamos a cabo sale como queríamos. Y en el caso de la literatura cuando se nos acerca alguien que ha leído lo que hemos publicado y nos dice que le ha encantado.

Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a charlar con los amigos, tomar algo con ellos, ir al cine, andar en bici, ver series, leer... Y escuchar música, mucha música.

Así es como veo el futuro de mi profesión: muy, muy complicado. Entre la crisis, la insistencia del gobierno de acabar con la cultura o con la educación, o con todo lo que nos permita pensar libremente, la dedicación de las grandes editoriales de vendernos hamburguesas como si fuese solomillo (libros de políticos muy poco interesantes, de vedettes televisivas o de aulladores de su vida íntima), me temo que queda poco espacio para lo importante. Al menos es difícil escarbar entre tanta zaborra.

Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda trabajando, seguramente, porque tal como van las cosas y con estos gobiernos que nos han tocado en suerte creo que no tendremos edad para jubilarnos.

El último libro que he leído ha sido La playa de los ahogados, de Domingo Villar.

Y lo conseguí el año pasado en la Feria del Libro de La Coruña, mientras paseaba ojeando libros por las casetas. Me había gustado mucho Ojos de agua, un libro que me había hecho reír como hacía tiempo que no recordaba. Sabía que se había publicado una segunda entrega de las aventuras del inspector Leo Caldas y su ayudante Rafael Estévez, pero no conseguí que me lo trajeran en ninguna librería de Bilbao. Y el azar hizo que encontrara en Galicia la novela del autor vigués.

Y el primero que recuerdo que leí fue alguno de Los Hollister, Los Cinco o Los Tres investigadores. Y muchos cómics de Spiderman. Aunque el que verdaderamente me marcó fue El señor de los anillos. Años más tarde intenté leerlo de nuevo pero fui incapaz.

En mi mesilla tengo ahora para leer una pila enorme de libros, todos ellos empezados. El informe de Brodeck, de Philippe Claudel, que me ha recomendado una amiga; Sinsajo, de Suzanne Collins, tercera entrega de Los juegos del hambre que me pasó mi sobrino, la segunda edición de Lento proceso, de José Luis Cancho, Contradicciones, de Kepa Murua, y dos novelas gráficas que me regalaron tres amigas: Los surcos del azar, de Paco Roca y He visto ballenas, de Javier de Isusi, ambas editadas por Astiberri.

Me gustaría añadir que a veces me entran ganas de dejar de leer. O pienso que se nos quedarán grandes libros en la repisa en cuyas aventuras no podremos adentrarnos. O historias que tampoco nosotros podremos contar aunque se nos ocurran cada noche entre sueños.

Alex Oviedo