Espacio Texturas

Carme Fenoll. Un estado de ánimo



Me llamo…Carme Fenoll Clarabuch.                                         ((c) de las fotos Francesc Meseguer)


Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como……..Carme (con o sin n final) Fenoll, Jefa del Servicio de Bibliotecas de la Generalitat de Catalunya.

Me gusta leer porque… me conecta con las partes más agradables de la vida.

Cuando tenía doce años quería ser…bibliotecaria.

Hoy soy…bibliotecaria.

Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que…me acompañe pronto y experimente lo que he sentido con un buen libro o dentro de un buen espacio con libros.

Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así:me paso unas horas con el Sr. Correo electrónico, respondiendo peticiones dirigidas directa o indirectamente a bibliotecarios; reuniéndome con agentes del sector del libro; visitando colegas de bibliotecas o del mundo de la cultura; robando una horita de sueño para la lectura.

Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando me confundí de días para matricularme en el instituto y fui a parar a uno que no conocía de nada.

Y lo peor la muerte de personas queridas.

Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con nuestros métodos para hacer callar a la gente dentro de las bibliotecas (nuestro famoso ssshhh).

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando…nunca hasta ahora lo he perdido. Mi trabajo coincide con mi pasión. Sí que he tenido momentos de desencanto, pero más por desencuentros con otros profesionales que por mi actividad en sí.

Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es sentir que eres útil a la sociedad y que estás rodeado de compañeros entusiastas.

El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando en el trabajo actual, durante el encuentro anual de responsables de bibliotecas de Cataluña. Me dio la posibilidad de saludar en una sola mañana a muchos profesionales a los que admiro.

Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a pasear por las playas del sitio donde vivo, especialmente la de Tamariu (Costa Brava).

Así es como veo el futuro de mi profesión…una profesión percibida como importante para la vida de los ciudadanos.

Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda…viajando.


El último libro que he leído ha sido Els nois, de Toni Sala.

Y lo conseguí en La librería No llegiu, de Barcelona (‘No llegiu’ se traduce como ‘No leais’ y uno de los libreros es también bibliotecario).

Y el primero que recuerdo que leí fue el cuento clásico catalán ‘Patufet’.

En mi mesilla tengo ahora para leer………….’Años luz’ de James Salter.

Me gustaría añadir que mi dosis extra de energía vital me la aportan mis 2 hijas (Abril de 8 años y Mar, de 6 años). Considero importante estar en contacto con niños y gente joven y soy de las que piensan que es importante rodearse de gente a la que admires y alejarse de las que no te aportan nada positivo.

http://ca.wikipedia.org/wiki/Carme_Fenoll_i_Clarabuch Entrada en la Wikipedia, para conocerme un poco más.

http://bid.ub.edu/17fenol2.htm 50 ideas para sorprender desde la biblioteca pública, publicado en 2006 (pero vigente aún) junto con mi buen amigo Ciro Llueca.

biblioteques.gencat.cat, la web de la organización de la que tengo el orgullo de pertenecer.

Me gusta mucho utilizar Twitter y puedes seguirme en @CarmeFenoll

Trama Editorial en Lektu

Hoy se ha presentado la plataforma Lektu y Trama Editorial ofrece su fondo digital en la misma.



Siguiendo con nuestra idea de estar presentes en aquellos proyectos digitales que van y vienen nos vamos apuntando a distintos carros conscientes de que en estos tiempos hay que probar y enredar.

El fondo está sin DRM y no incluye sistemas de protección anti-copia restrictivos.

La excelente salud del libro. Juan Torres. Un estado de ánimo



 Querido Txetxu, me propusiste hace unos meses que os escribiera un folio con “algunas sensaciones, experiencias, reflexiones u opiniones en torno al sector del libro y la lectura” con la única condición de que “levanten un poquito el estado de ánimo”. Y yo te contesté que sí, que por supuesto, que solo faltaría y que “lo del estado de ánimo me suena bien: soy un optimista racional y me molesta tanto el entusiasmo adolescente como la melancolía taciturna,  porque las dos nacen de la irreflexión”.
Así que aquí estoy, con una promesa a cuestas. Y que no es fácil. Porque una cosa es ser un optimista racional y otra, cumplir con un mínimo de competencia.
Dejo, naturalmente, los análisis sesudos a los que de verdad sabéis de esto, a los que os dedicáis profesional y vocacionalmente a reflexionar sobre el libro y a impulsarlo con rigor. Yo en esto soy un diletante, un mero aficionado que ha tocado circunstancialmente algunos palos del sector. Y con ese desparpajo me expreso.
La buena salud del libro
Fíjate, Txetxu, si estoy en condiciones de levantar el estado de ánimo, que mi primera afirmación tajante es que yo al libro lo veo estupendamente. Sin ningún achaque, sin ningún problema. El libro goza de excelente salud y le auguro un extraordinario futuro.
De quien no se puede decir lo mismo, naturalmente, es de la industria. Las industrias es lo que tienen: que cuando se quedan obsoletas y no responden a la demanda de los ciudadanos-consumidores, desaparecen. Le ocurrió a la industria del sombrero -el ejemplo no es mío: lo airea con frecuencia un conocido economista-: cuando la gente dejó de considerar necesario llevar cubierta la cabeza, el sector se vino abajo. ¿Qué fue de los empresarios, de los trabajadores, de los comerciantes que abundaban en él? Se pasaron a otro, claro, probablemente al de los pantalones vaqueros que entonces empezaba a surgir. El mundo del comercio es así: funciona la oferta y la demanda y cuando se ofrecen cosas que no interesan, es hora de echar el cierre. Sin dramatismos: aceptando la evidencia.
La industria del libro, pues, se está hundiendo por las razones que sean –que a mí eso no me compete-, pero el libro, insisto, goza de excelente salud. ¿Por qué digo esto? No hay más que echar un vistazo alrededor: escribe más gente que nunca, publica más gente de la que nunca ha publicado, todo el mundo sabe leer y tiene posibilidades únicas y maravillosas de acceder a todos los libros existentes. En esas condiciones, ¿por qué voy a pensar que peligra?
Yo mismo: he leído toda mi vida, desde los catorce años, de manera incansable, imparable e ininterrumpida. Me he gastado una fortuna en libros, los he adquirido de todos los precios, tamaños y colores, los he tomado prestados, los he pedido, los he robado... Nunca he tenido tanto acceso a ellos como ahora, ni a tan buen precio. ¿Dónde está el problema?
Religión y mezcolanza
El problema, si es que lo hay, está en dos sitios: en la mitificación y en la falta de discriminación.
La mitificación es esa absurda solemnidad con que todo el mundo se refiere a los asuntos del libro. Del libro se ha hecho una religión, una necia religión (¿redundancia?) en la que se adora no solo un concepto, una categoría abstracta -el dios Libro- sino también sus rasgos y naturaleza: de papel, gordo, con olor a no sé qué y textura de no sé cuánto... Dicen algunos antropólogos modernos que las religiones han sido una ventaja evolutiva del ser humano porque le han dado impulso para evolucionar. No digo que no, pero no hace falta que entre en detalles sobre cuántos disgustos y quebrantos nos han producido y nos producen aún.
Pues eso: el libro como religión. Con sus sacerdotes, sus liturgias, sus dogmas, sus mandamientos. Con sus sínodos y sus concilios y sus Semanas Santas...
Es curioso al respecto señalar que ninguna otra vertiente de la cultura ha alcanzado semejante nivel de delirio supersticioso. Ni la pintura, ni la música... ni el cine siquiera, que se limita a aprovechar su glamur y su visibilidad para levantar todo el dinero posible sin tomarse muy en serio... Solo sobre el libro se ha montado un tinglado de latría que al final le ha hecho mucho daño, como cuando los emperadores romanos decidieron convertirse en divinidades.
El otro problema es que en este maremagmun de religiosidad masiva resulta imposible discriminar.  En el concepto sagrado de libro ha entrado todo con un desparpajo admirable, y con una soltura digna de mejor causa se brinda la misma pleitesía  a Homero que a Almudena Grandes como si estuviéramos hablando de dimensiones comparables. Todo merece un respeto, dicen, y todo tiene que ser apoyado y recomendado como si de verdad fuera más importante leer cualquier libro -incluso un premio Planeta- que dar un paseo, tomar un gintonic o escuchar a Bach.
Ya digo: hay que empezar de una vez a desmontar patrañas. Al libro no solo no le pasa nada sino que está viviendo una revolución tecnológica que, al final del camino -no ha hecho más que empezar-, será mucho mejor que la que culminó en Gutenberg. La industria se está viniendo abajo y seguirá haciéndolo hasta que se de cuenta de que es el momento de ponerse a vender vaqueros. Los seres humanos seguiremos, como hasta ahora, leyendo y escribiendo lo que nos de la gana, y entre la oferta disponible habrá muchísima basura y alguna gema que brotará de vez en cuando.
Como llevo haciendo desde los catorce años,  seguiré buscando estas y disfrutándolas, como disfruto del senderismo, de la ópera, del vino tinto o de los cuadros de Kiefer. Con dos ventajas: ahora los libros me cuestan menos, y los trienios que cargo a mis espaldas me ayudan a ser mucho más selectivo. Lo importante no es leer sino leer las cuatro cosas que merecen la pena. Y all the rest is literature.
Como ves, mi mensaje es optimista. Como te prometí.
Un fuerte abrazo.


Kepa Osoro. Un estado de ánimo




Me llamo Kepa Osoro Iturbe

Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como aprendiz de todo, experto en nada… aunque algo sé de bibliotecas, promoción de lectura, comprensión lectora, Literatura Infantil y Juvenil y formación de formadores.

Me gusta leer porque una vez descubierta la magia y la pasión, el misterio y la riqueza infinita que pueden anidar en los libros, ¿cómo ser tan estúpido de no beber de ellos con fruición, humildad y adicción? Lo difícil a veces es llegar a tener esa experiencia con la lectura por culpa de experiencia escolares, familiares o vitales negativas construidas alrededor de los libros por mediadores aniquiladores de pasiones.

Cuando tenía doce años quería ser psiquiatra infantil.

Hoy soy espectador y actor de la lectura del mundo y los libros, que mira las estrellas, la luna, los sonidos, los aromas, los silencios, las caricias, los besos, la noche y las sirenas con los ojos de un niño que curiosea apasionado e inquieto tras una ventana, tras la ventana que se abre ante él en forma del libro del mundo.

Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que las pasiones de mi vida están entrelazadas por el amor: María, mi esposa, y la lectura; sin una ni otra me imagino transitar ni un solo día, ambas me embelesan, me obligan delicadamente a ser mejor persona, alivian mi corazón cuando está encogido por la pena, lo llenan de chispeantes experiencias cuando les doy la mano, retan a mi inteligencia, mis sentidos y mis deseos para ser mejor amante, mejor amigo, mejor lector; ambas extraen lo mejor de mí mismo al impedirme acomodarme en la mediocridad, en la autocomplacencia.

Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así: un ir y venir entre el silencio y la palabra, entre la soledad y la conversación, entre la búsqueda y el sosiego, entre el desbocado examen del mundo para desenmascarar todas las riquezas que esconde a pesar de la mediocridad que nos rodea y la apasionada obsesión por compartir mis descubrimientos.

Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando con unas cuantas décadas a las espaldas descubrí que no era yo quien caminaba mis zapatos y que estaba dibujando un itinerario que no era el mío. Detuve el tiempo, buceé en mí mismo, me hice las preguntas adecuadas, busqué la luz y la comencé a alojar en el rincón más cálido de mi alma el 1 de noviembre de 2001, mientras paseaba de la mano de María por la playa de la Concha de Donosti.

Y lo peor cuando Los baños de Inca se llevaron a David, mi hijo mayor, mi confidente, mi poeta de cabecera, mi continuo acicate, mi señuelo para aprender, estímulo para investigar, para reflexionar, para buscar apasionadamente el mejor camino para llegar a él, para descubrir el itinerario más despejado para acercarle mi palabra, mi consejo, mi aliento, mi desacuerdo, mi ternura, mis propios miedos e incertidumbres. Ambos fuimos creciendo a medida que nos acercábamos y contrastábamos nuestra forma de mirar la vida; la confianza, la honestidad, la ausencia de tapujos y poses, la entrega total al otro… fueron posibles porque nos amamos desde el respeto, desde el vehemente deseo de enriquecer al otro no con regalos materiales sino con la entrega generosa del más preciado de nuestros dones: nosotros mismos.

Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con la palabrería hueca de quien habla de pasión por la lectura y por la importancia de las bibliotecas y no es capaz de leer más que el prospecto del Viagra o la revista porno de turno y no pisa un centro público de lectura ni borracho de aguardiente y orujo.

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando… va a ser que no. Nunca he perdido la pasión por mi trabajo, por mis anhelos, por mis sueños, porque si dejara de sentir que el corazón se desboca con solo asomarme a una librería, una biblioteca, una escuela, un corrillo de docentes, padres, bibliotecarios, libreros, editores, autores dispuestos a conversar sobre la lectura, si se apagara levemente mi entusiasmo dejaría de ser yo y dirigiría mis pasos hacia las estrellas.

Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es tener la oportunidad de seguir aprendiendo día a día de la mano de tantas personas, antes sobre todo niños y jóvenes, que me permiten seguir creciendo a su lado y tener que ingeniármelas para regalarles lo mejor de mí mismo.

El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando mi hijo Jon llegó un día a casa, todo contento porque la maestra –una compañera de la escuela en la que yo crecía aprendiendo y enseñando- les había pedido que leyeran en casa a sus padres y grabaran en un casete la lectura para llevarla a la escuela al día siguiente y escucharla con los compañeros. ¡Teníais que haber visto a Jon leyendo con toda ilusión y esfuerzo a pesar de que estaba tan afónico que la voz apenas lograba asomar por el borde de sus labios! Sentí tanta emoción de que deseara leer para su maestra y sus compañeros que nunca se me olvidará.

Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a contemplar la luna si es de noche o a cerrar los ojos si el sol acompaña y recordar todos los dones que la vida me regala cada día y que hacen que mi existencia sea luminosa. Eso me ayuda a ser más humilde y a relativizar las piedritas que a veces se cuelan en mis zapatos.

Así es como veo el futuro de mi profesión lleno de contradicciones, de descubrimientos, de nuevos colores, sonidos, recursos y discursos que posiblemente cabalguen mucho más deprisa que los mediadores de lectura porque estos suelen estar demasiado ocupados en debates absurdos sobre la idoneidad de lo impreso o lo digital, sobre si hay o no que obligar a leer, sobre si adaptar o no los clásicos para acercarlos a los más jóvenes, sobre si la cultura/lectura tiene que ser gratuita, sobre los derechos de autor y la piratería… Si no ampliamos la mirada perderemos la perspectiva y corremos el riesgo de convertir la escuela, las bibliotecas y, por extensión, la cultura, en irrelevantes.

Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda sintiendo el júbilo que produce sentir que trabajo y vida privada han estado, están y estarán siempre indisolublemente fusionados con el barniz exuberante del deseo, del privilegio que tienen aquellos que son felices en todos los entornos que habitan, sean laborales como privados.

El último libro que he leído ha sido El año del pensamiento mágico”, de Joan Didion, un honesto relato sobre la comprensión del dolor que produce la muerte de los que amamos.

Y lo conseguí en… con perdón, no respondo a tonterías, ¡ya estamos con los cuántos y los cuándos! ¿No sería más interesante preguntar por el `como´ lo he leído?

Y el primero que recuerdo que leí fue el libro de texto de lectura con el que nos torturaban los frailes en mi escuela bilbaína; ¡maldita su sangre, empeñados en que todos leyéramos la misma página, a la misma velocidad, con la misma entonación, con idéntico ritmo y que encima gozáramos de la magia de la palabra! ¡Con  lo torpe y tímido que era yo por entonces! ¡Incapaz de seguir el ritmo de mis compañeros, incapaz de no silabear y atrancarme, incompetente para no saltarme a otra línea, impotente ante la humillación de las lecturas en voz alta no preparadas de antemano! Eso sí, a pesar de la escuela, ahora soy un apasionado de la lectura. ¡Los caminos del señor de los libros son inescrutables, hermanos!

En mi mesilla tengo ahora para leer Cérebro e leitura, de Teresa Silveira. Y Sirenas, de Ángel González.

Me gustaría añadir que para promover la lectura sobran los artificios, los espectáculos jacarandosos, las campañas oficiales de lectura y los discursos grandilocuentes. Armados solo con la palabra, derramada en un amoroso encuentro de lectura de regazo, en una humilde sesión de lectura compartida en la que lector y oyente se dan de leer generosa y límpidamente, solo con eso, la semilla del verbo regalado anida en los corazones.



Ese bazar llamado préstamo electrónico. Fernando Juárez

Acceder al catálogo, realizar la búsqueda y solicitar el préstamo son acciones cotidianas en nuestras bibliotecas…siempre que tratemos de libro impreso. De momento son testimoniales las bibliotecas públicas españolas que en 2014 ofrecen préstamo electrónico a sus usuarios. ¿Porqué? (Suspiros virtuales).

En el plazo de una semana he asistido a dos reuniones sobre préstamo electrónico, una invitado por los editores de revistas culturales (ARCE) y otra en el grupo de trabajo sobre el préstamo electrónico de la red de bibliotecas de Euskadi a la que pertenece mi biblioteca.

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Políticas de información para la lectura y la cultura. Lluis Anglada

[El v. 23, n. 2 (marzo-abril de 2014) de la revista “El profesional de la información” tratará de Políticas de información. Paso a publicar por entregas mi contribución (4/6).]

El dominio emergente de lo digital reconfigurará las relaciones del ciudadano con la cultura y debe suponer más información y más capacidad de usarla para el ciudadano. Los espacios de uso libre de la información dentro de lo que han sido las bibliotecas hasta ahora deben extenderse al espacio virtual donde el ciudadano ha  de poder encontrar la información que rellena su ocio, le forma y configura su memoria. La biblioteca no edificio y sí organización ha de poder prestar libros digitales, ofrecer información digital para el uso de todos y garantizar que el acervo de lo nacido digital pasará a las generaciones futuras.
Para los ámbitos anteriores hemos afirmado que se daba coincidencia amplia sobre los objetivos finales. En este en cambio incluso estos pueden estar en entredicho ya que la información digital erosiona los modelos de mercado vigentes.


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Modelos de suscripción digital: 13 problemas. Manuel Gil

Cuando hace unos días me entrevistó Paula Corroto para un artículo que estaba escribiendo sobre los precios de los ebooks, al final del cuestionario incluía una pregunta sobre los modelos de suscripción. La respuesta tenía que ser breve, por lo que respondí lo que sigue:
Los modelos de venta basados en suscripción no creo que funcionen en España, esencialmente por motivos muy diversos: carencia de hábitos de consumo de lectura bajo esta modalidad, dificultades para que los editores cedan los derechos, un reparto de la venta basado en un algoritmo que es una locura, lo que choca en muchos casos con los derechos establecidos en los contratos con los autores y sus agentes; y, por último, la única modalidad de suscripción que puede tener aceptación son los especializados o los de nicho.
Como una extrema brevedad deja fuera un análisis más sosegado y profundo de un tema tan importante, creo necesario desarrollar mi posición al respecto. Es por ello que expongo mi posición en trece puntos, o mejor en trece «pegas» sobre el modelo:


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Natalia Arroyo. Un estado de ánimo



Me llamo… Natalia Arroyo.

Y en el sector de las bibliotecas libro o como mero lector se me conoce como… Natalia; al menos eso creo.

Me gusta leer porque… me gusta entender cómo piensan y actúan otras personas y porque me encantan las buenas historias, esas que consiguen que salgas de tu mundo por un momento.

Cuando tenía doce años quería ser… una persona capaz de tomar sus propias decisiones vitales, sin imposiciones, como los personajes de mis lecturas y de las películas que me gustaban. En lo profesional no tenía las cosas muy claras por aquel entonces.

Hoy soy… bibliotecaria de formación, responsable de medios sociales en la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, formadora por inquietud (imparto cursos sobre web social y dispositivos móviles para bibliotecarios/as) y estudiante de doctorado en los tiempos libres.

Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que… En realidad nunca me ha pasado algo así, pero lo que me cuesta siempre es explicar a gente que no es del gremio a qué me dedico. Ya cuando estudiaba Biblioteconomía tenía problemas con ello, ¡imagínate! ¿Quién sabe lo que es la Biblioteconomía? En definitiva, dependiendo de si la boda va por el aperitivo o por las copas me extiendo más o menos en la descripción de la pregunta anterior.

Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así… me paso el día conectada y delante de alguna pantalla ―la del ordenador, el móvil o el iPad―, casi siempre en Twitter, Facebook y ahora en Lectyo.

Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando… alguien intenta ligar contigo hablando sobre libros sin ser lector, esas cosas se notan.

Y lo peor… mi mente selectiva debe funcionar muy bien, porque no recuerdo ahora momentos dignos de ser incluidos en este apartado.

Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con… preguntas sobre cuál es el mejor libro electrónico/móvil/tableta para comprar. Aunque en realidad no es ninguna molestia.

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando… no hay nada que represente un reto o un aprendizaje.

Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda… es estar en contacto con la gente del mundo del libro, especialmente con la gente de las bibliotecas, que está hecha de una pasta muy especial.

El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando… comencé a trabajar. Encontré a unas cuantas personas estupendas que siguen siendo amigos.

Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a… hacer sudokus, sobre todo en ese rato en que has acabado de comer y te sientas en el sofá, y a leer o dar paseos con mi perro. Si el descanso es más largo intento viajar o me voy al pueblo, donde no tengo conexión a internet, aunque últimamente con el 3G no hay escapatoria.

Así es como veo el futuro de mi profesión… Últimamente soy reacia a hablar sobre el futuro del libro y de las bibliotecas, me he dado cuenta de que cuando la gente lo hace realmente refleja el presente. A corto plazo todo apunta a que en las bibliotecas lo digital irá ganando cada vez más terreno, sin que lo presencial y el libro impreso dejen de ser importantes.

Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda… viajando, leyendo y aprendiendo idiomas. Quizás retome el latín, siempre me gustó.

El último libro que he leído ha sido… Los relatos del Padre Brown, de Chesterton.

Y lo conseguí en… la mesilla de noche del otro lado de la cama.

Y el primero que recuerdo que leí fue… Un libro de la serie de Los cinco. Aún lo recuerdo como uno de los momentos más especiales de mi infancia. Ser capaz de leer un libro con más de cien páginas fue todo un logro.

En mi mesilla tengo ahora para leer… 1Q84, de Murakami. Creo que ya no me queda otro remedio que acabar las tres partes.


Texturas Express entra con el número 53 en su segundo año de andadura

Una sencilla iniciativa que empezó en febrero del año pasado ha alcanzado esta semana su número 53

Tras iniciar el boletín en abierto decidimos posteriormente ofrecerlo como elemento de valor a aquéllas personas, empresas e instituciones que apuestan por el proyecto de Espacio Texturas y que se convierten en cómplices necesarios del mismo-






Si deseas recibir información sobre las condiciones para acceder al mismo puedes contactar con nosotros por correo electrónico.


Os dejamos aquí el enlace a este número 53



Marc Lecha. Un estado de ánimo



Me llamo… Marc.



Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como… Marc Lecha.

Me gusta leer porque… empezamos bien con la preguntita de marras. Porque sí y para mí no necesita justificación. Me gusta leer, está injertado en mi epidermis y tampoco quiero darle lecturas trascendentes, que si te hace más sabio o mejor persona… ¡mejor persona! Lo que hay que oir. Me gusta leer porque sí.

Cuando tenía doce años quería ser… pirata o arponero. Jim Hawkins y Queequeg influyeron bastante en mi mentalidad infantil, y quizás algo en la adulta.

Hoy soy… aprendiz de viticultor en un exilio voluntario.

Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que… no digo casi nada. De hecho, la última vez que en conversación con "desconocidos" se produjo una conversación sobre libros o lectura… ni me acuerdo cuando fue. Suele ser un placer personal o compartido con los más próximos, sean o no del sector del libro. Más de los segundos que los primeros. Y esto es importante.

Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así:… levantarme temprano, vestirme, comer algo y eso, salir hacia la viña y hacer lo que hay que hacer. Invierno es época de podar, plantar, hacer los pies, limpiar... ahora andamos reconstruyendo muros de piedra, nos ha dado por ahí. Trabajo aquí no falta. Y siempre al aire libre. Esto es impagable. Hay una gran nobleza en trabajar la tierra con respeto. Y cuando los gestos, los pequeños gestos que se repiten una y mil veces se interiorizan, aparece una especie de armonía. Sí, hay algo poético en todo esto.

Luego, por la tarde, cuando la cosa termina, el cuerpo está cansado, pero no es un cansancio fofo como el que sientes al cerrar el ordenador de la oficina, es un cansancio mucho más interesante. Da tiempo a comprar y cocinar comida de verdad, leer o ver una película si me apetece, o pasar a charlar y abrir alguna botella con alguno de los viticultores del pueblo. Es una vida aparentemente bastante sencilla, pero ahora mismo no la cambio.

Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando… esta es una de esas preguntas que te obligan a pensar bastante y casi siempre descubres que no hay nada muy muy raro en tu vida. Cosas pequeñas, sin importancia.

Y lo peor… esto me lo guardo para mí.

Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con… "estos del vino con tanta tontería", "pero si metes un Don Simón en una cata a ciegas y nadie se entera", "a mi me gusta el calimocho"… (suspiro…)

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando… se genera algún tipo de mal ambiente alrededor. Afortunadamente ha sucedido pocas veces.

Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es… trabajar al aire libre ¿existe mejor oficina?, comer cosas buenas de la tierra, beber buen vino… tener tiempo...

El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando… el día que empieza la vendimia es muy muy especial… el que termina también es mágico. Deberíais vivirlo una vez en la vida. 

Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a… levantar la cabeza y dejar pasar el tiempo mirando el paisaje tan extraordinario que tengo a mi alrededor. 
Así es como veo el futuro de mi profesión… será responsable o no será.

Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda… no creo que cambie mucho mis hábitos y pequeños placeres, excepto por las limitaciones físicas y psíquicas que pueda haber. 

El último libro que he leído ha sido… el último libro entero que leí, de principo a fín (suelo leer pocos libros enteros, picoteo de aquí a allí), fue "La Guillotina Seca", de René Belbenoit, llevaba tiempo buscándolo y para mí fue uno de los dos libros más importantes de 2013.  El otro fue, sin dudarlo, "La vida simple", de Sylvain Tesson. La Guillotina es el manuscrito -auténtico- de un preso que logró escapar del Penal de la Guayana Francesa, época de entreguerras. Un libro prohibidísimo aún hoy en Francia y en algún país más, no reeditado en castellano desde hace un montón de años, y cuya versión "light" fue la conocida Papillon. Un libro absolutamente único.

Y lo conseguí en… mi amiga María, la mejor conseguidora de rarezas bibliófilas que existe (a la que siempre intento poner en apuros y al poco, pacientemente, me dice "lo encontrarás en tal sitio"), me encontró una edición argentina de los setenta en una librería de viejo de Barcelona.

Y el primero que recuerdo que leí fue… diría que era "Teo va amb vaixell", pero me falla la memoria… 

En mi mesilla tengo ahora para leer… ahora menos que nunca estoy leyendo libros enteros, voy ojeando según me da o leyendo capítulos de éste y de aquél. Hay un par de cosas de Pla: "El que hem menjat" y "Viaje a pie". También veo el "Diccionario Luján de gastronomía catalana" de Néstor Luján, las "Comidas y vinos de España" de Richard Ford (aunque se considere un "género menor" ¿hay cosa más importante que leer sobre lo que comemos?), un mapa del Roussillón y ayer mismo pasé de la mesilla a la estantería "Muerte a crédito" de Céline porque hacía días que rondaba por ahí y la verdad es que paso. Me gusta Celine, pero estoy de bastante buen humor y no me apetece que el viejo me amargue.

Me gustaría añadir que… lo primero que me traje a Francia cuando desembarqué fue una caja con una veintena de libros. Costó elegir. Ahora hay un centenar, quedaron muchos allá abajo. Creo firmemente que leer debe quedarse en el ámbito personal. Todo lo demás es dar la paliza a la gente. Ah, y como decía Josep Pla, cualquier hombre mayor de 35 años que lea novelas es un auténtico cretino. Y ya callo.

http://lavialiquida.wordpress.com El blog del viaje que hice en bicicleta en 2013 por España, por sus tierras, sus vinos y sus gentes.

Las bibliotecas como redes de conocimiento. Joaquín Rodríguez

En el estupendo Library: an unquiet history, Matthew Battles escribía que el origen de las bibliotecas públicas -más allá de las bibliotecas clásicas y restringidas de la antigüedad- tenía mucho que ver con las revueltas obreras de mediados del siglo XIX y principios del XX, con la desestabilización social que la confrantación de clases provocó y con el reconocimiento contiguo, por parte de las élites intelectuales y económicas, de la necesidad de proporcionar a las masas obreras de formación básica universal y de acceso a los contenidos tenidos indispensables. Una apertura que tenía menos que ver, seguramente, con el altruismo puro de las clases ilustradas que con la creacion de un “espacio de civilización” y domesticación “del niño obrero” tal como aseguraran hace ya tiempo Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría en ese libro olvidado titulado Arqueología de la escuela.

Acceso abierto en Europa: la perspectiva del editor universitario. Juan L. Blanco Valdés

En 1990, pronto hará un cuarto de siglo, un investigador británico del CERN, Tim Berners Lee, creó la
moderna Internet (stricto sensu, la World Wide Web), al definir y usar por primer vez el protocolo estándar http para la transferencia de información entre un ordenador servidor y un ordenador cliente. Casi veinticinco años después, el desarrollo tecnológico de la red, sus posibilidades de uso en dispositivos cada vez más pequeños y sofisticados y su extensión social, a través de redes y aplicaciones que intercomunican miles de millones de personas cada segundo, han hecho de Internet el referente por excelencia del siglo XXI y de marcas como Google antonomasias de un nuevo paradigma de la comunicación humana.

Internet, y su ilimitada capacidad de intercambiar textos, imágenes y archivos multimedia, hacía posibles viejos anhelos de la humanidad, entre ellos, señaladamente, el de una altruista socialización del acceso al conocimiento como elemento medular del progreso, sin las trabas impuestas por la distancia entre los países y por encima de sus enormes diferencias sociales, económicas y culturales. Contemplando el fenómeno con la relativa perspectiva histórica que proporcionan casi veinticinco años de existencia de la red, yo creo que era sólo cuestión de tiempo atar cabos. Y fue, de hecho, muy poco tiempo, pues en 2002, el Open Society Institute, creado a instancias del magnate húngaro George Soros (actualmente Open Society Foundations) redactó la Budapest Open Access Initiative, conocida por sus siglas BOAI, en la que, en efecto, se atan los cabos con meridiana y profética claridad: «Una antigua tradición y una tecnología nueva en convergencia han hecho posible la aparición de un bien público sin precedentes. La vieja tradición es la voluntad de científicos y estudiosos de publicar los frutos de su trabajo en revistas doctas sin remuneración alguna, sólo por el bien de la investigación y del conocimiento. La tecnología nueva es Internet». 

La iniciativa de Budapest fue un gesto pionero, sin duda valiente y de una indiscutible coherencia, pero su efecto, enseguida imitado por otras instituciones en otras latitudes, estaba llamado a alterar considerablemente las condiciones en las que la comunicación científica había transitado durante el siglo XX. La Iniciativa de la ACRL (Principios y estrategias para reformar la comunicación  científica, Association of College and Research Libraries, Chicago, 2003)  supuso la entrada del sector bibliotecario en el escenario del acceso abierto, algo que era perfectamente lógico y esperable pues, cuando menos en un esquema tradicional, las bibliotecas son organismos de preservación y administración de los contenidos científicos publicados. La Iniciativa de la ACRL avanzaba ya objetivos definidos para la socialización de la comunicación científica: el más amplio acceso posible a la investigación publicada; acceso abierto o, cuando no, precios justos y razonables y mercado competitivo para la información científica; una industria editorial diversificada; innovaciones en edición que reduzcan costos de distribución y que amplíen el acceso a la investigación científica; garantía de calidad en publicaciones por medio de evaluación por pares; uso justo de la información, amparada por derechos de autor, para propósitos educativos  y de investigación; preservación de la información científica para uso futuro a largo plazo.

Del otro lado del Atlántico, en el mismo año 2003, la prestigiosa institución científica Max-Planck-Gesellschaft promovió el que en Europa iba a ser el documento marco para el desarrollo normativo e incluso jurídico del acceso abierto. La Declaración de Berlín para el acceso abierto al conocimiento científico, un texto tan breve como incisivo,  fue aplaudida por infinidad de instituciones de investigación, entre otras, la Universidad de Santiago de Compostela, que la firmó en 2006. 

Haciendo suyo el espíritu de la Declaración de Berlín, la Unión Europea integró desde entonces el acceso abierto al conocimiento como uno de los pilares estructurales de sus programas de investigación e innovación. El Séptimo Programa Marco (7PM) de la Comisión Europea agrupa todas las iniciativas comunitarias relativas a la investigación bajo un mismo techo, una economía basada en el conocimiento más dinámica y competitiva del mundo, y define el llamado «triángulo del conocimiento»:   investigación, educación e innovación.  Dentro del 7PM, en agosto de 2008, la Comisión Europea puso en marcha el Piloto de Acceso abierto para subvenciones en siete áreas (energía, medio ambiente, salud, tecnologías de la información y las comunicaciones, infraestructuras de investigación, la ciencia en la sociedad y ciencias sociales y humanidades),  bajo las condiciones de depositar los artículos de investigación revisados por pares o manuscritos finales resultado de los proyectos del 7PM en un repositorio on-line y hacer los «mejores esfuerzos» para garantizar el acceso abierto a estos artículos en el plazo de seis  meses (en los campos de la salud, energía, medio ambiente, tecnologías de la información y de la comunicación, infraestructuras de investigación) o doce meses (ciencias sociales y humanidades, la ciencia en la sociedad) después de su publicación. La red MedOAnet para la coordinación de estrategias y políticas de acceso abierto a la información científica en los países del sur de Europa (España, Francia, Italia, Grecia, Portugal y Turquía), a cuyo grupo de trabajo español pertenece quien suscribe, fue creado igualmente dentro del 7PM.


Otras iniciativas comunitarias de alcance en la potenciación de la filosofía y los medios ejecutivos del acceso abierto son la Agenda Digital para Europa y la Unión por la Innovación, ambas de 2010. La Recomendación de la Comisión , publicada el 17.07.12, relativa al acceso a la información y su preservación constituye, en fin, un excelente resumen de la actualidad normativa del acceso abierto en Europa.


Todas estas disposiciones normativas comunitarias, directamente inspiradas en la socialización del conocimiento como un beneficio inmanente, posible y universal, han venido fraguando en los países desarrollados no sólo en acciones ejecutivas derivadas de las enormes posibilidades comunicativas que ofrecen las tecnologías digitales ligadas a Internet, sino en marcos jurídicos que legitiman y proporcionan estabilidad a esas acciones. En el caso concreto de España, el preámbulo de la Ley 14/2011 de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación, destaca «el compromiso con la difusión universal del conocimiento, mediante el posicionamiento a favor de las políticas de acceso abierto a la información científica», declaración de carácter genérico que se hace eco del desarrollo exponencial que los repositorios de contenidos digitales de las universidades españolas conocieron nos últimos años, hasta el punto de que, en algún ranking internacional, tres repositorios universitarios españoles aparecen entre los primeros del mundo (UAB: Dipòsit Digital de Documents, puesto 15; UPC Commons, puesto 16 y Digital CSIC, puesto 19). 

Un caso paradigmático lo constituye en España la nueva reglamentación para la edición de las tesis doctorales, es decir, la investigación básica de las universidades. El RD 99/2011, por el que se regulan las enseñanzas oficiales de doctorado, establece en su art. 14 que, «una vez aprobada la tesis doctoral, la universidad se ocupará de su archivo en formato electrónico abierto en un repositorio institucional». En el caso de la Universidad de Santiago de Compostela, este mandato está detrás de las más de 1000 tesis doctorales alojadas en acceso abierto en el Repositorio Institucional de la USC Minerva, responsabilidad que recae en el Servicio de Publicaciones. 
En conjunto, y desde la visión panorámica que ofrece el cuadro normativo-jurídico que he descrito, se evidencia que en las estrategias y políticas universitarias en acceso abierto existen factores ejecutivos de alcance, la estrecha colaboración de los cuales resulta imprescindible para la implementación de soluciones de futuro. Por un lado, las bibliotecas, en cuanto administradores de contenidos, deben liderar naturalmente la constitución de repositorios dinámicos, eficientes y tecnológicamente idóneos, pues, en esencia, un repositorio es (aunque no sólo) una biblioteca digital, directamente implicada, en el contexto de una sociedad digital, en el prestigio y alcance de la universidad en sí. De hecho, dentro del escenario de la Red de Bibliotecas Universitarias españolas, el III Plan Estratégico REBIUN 2020, la línea estratégica 2 (Soporte a la docencia, aprendizaje e investigación y gestión) define como su objetivo 4, «promover mandamientos y políticas institucionales de acceso abierto a la producción científica de cada universidad para incrementar la visibilidad e impacto de la universidad». 

Dentro de este contexto, los editores universitarios, en cuanto productores de contenidos,  jugamos, y aún jugaremos más, un rol fundamental en la definición depolíticas que tiendan a posicionar óptimamente los productos editoriales resultantes del trabajo de nuestros docentes e investigadores. Nuestra responsabilidad de transferir buena parte del conocimiento generado en las universidades es, por tanto, clave en el desarrollo de los repositorios u otras plataformas de contenidos digitales, a la hora de traducir las potencialidades de Internet y el acceso abierto en términos de impacto, visibilización y calidad de nuestras obras. Es verdad, por otra parte, que las editoriales universitarias no persiguen ánimo de lucro y que, por lo tanto, la constricción financiera del editor comercial no existe para el editor universitario, que, de dar oídos a las voces más radicalmente afines al acceso abierto, debiera rendirse a los inmensos beneficios sociales de un conocimiento científico libre y gratuito. Pero el problema no es tan simple. De un lado, no perseguir ánimo de lucro no concede al editor universitario una patente de corso para dilapidar dineros que no le pertenecen y que alguien le encomendó administrar con juicio. Como a cualquier editor, también al universitario lo hace feliz agotar la tirada de un libro, porque eso quiere decir, entre otras consideraciones, que la inversión que hizo para producirlo retornó, considerablemente incrementada, a las arcas de su universidad, con lo cual, probablemente, podrá sufragar otras ediciones. Concedo que esa visión, tan en boga, de las universidades como sociedades financieras entregadas a las cifras de negocio y la rentabilidad, resulta en extremo peligrosa, pues propende, sin duda, a erosionar irremediablemente los flancos más nobles de la institución universitaria. Pero una vez esto estatuido, es cierto también que ni el investigador, que dedicó enormes dosis de energía, tiempo y esfuerzo a desarrollar y rematar su trabajo, es un buen samaritano, ni su universidad, que lo formó y le proporcionó los medios y recursos para llevarla a término, una ONG consagrada a la fraternidad del conocimiento universal. 

Como en todo, también en las políticas de acceso abierto, que, lo queramos o no, van a definir en muy buena medida las estrategias futuras de las editoriales universitarias, el punto de sensatez estará en un equilibrado término medio y en el trabajo cooperativo con todos los actores implicados (agencias e instituciones de investigación, bibliotecarios, áreas de tecnología de la información, asesores jurídicos…),  porque la propia naturaleza de la actividad editorial y sus esferas de acción derivadas (protección de los derechos patrimoniales de la propiedad intelectual, búsqueda legítima de un retorno económico de la inversión en producción editorial) impondrá limitaciones, o cuando menos ineludibles matices, a la difusión en acceso abierto. Se plantea en el horizonte un rico e interesantísimo debate, que ha estimulado una buena cantidad de foros, en los que últimamente he participado, aportando mi punto de vista. No sé a usted, pero a mí los retos que formula una tecnología cada vez más sofisticada y global, lejos de abatirme, me estimulan. Creo, con el poeta, que, nunca como ahora, estamos haciendo camino al andar.

Nota. Para ampliar información y documentación en un tema tan sugestivo como complejo, existe una referencia imprescindible: Ernest Abadal, Candela Ollé (2012), La edición universitaria en el contexto de la ciencia abierta, Madrid: UNE.
 


Juan L. Blanco Valdés 
Director de Publicaciones
  Universidad de Santiago de Compostela