La novedad: por qué Stieg Larsson vende y las revistas culturales no

por Esteban Hernández
Trama & TEXTURAS nº 7
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Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, primer volumen de la serie Millenium, es uno de esos escasos volúmenes que reúnen éxito de ventas, apoyo crítico y reconocimiento de los lectores. Desde esa perspectiva, bastaría con destacar sus cualidades formales para justificar el ascenso vertiginoso de un autor completamente desconocido. Pero, como bien sabemos, el éxito suele producirse por la reunión de varios factores y lo cierto es que algunos de los que aquí han confluido nos pueden ser muy útiles a la hora de analizar algunas creencias imperantes en el mundo del libro.



En primera instancia, Los hombres que no amaban a las mujeres debe su éxito a su inserción en viejos circuitos. Bien podríamos decir que las grandes ventas de la novela fueron consecuencia del apoyo proporcionado por la prensa escrita, cuyos artículos (en especial los aparecidos en los suplemtentos culturales de La Vanguardia y en El País) activaron un entorno últimamente menospreciado, aquel que une reseñas favorables, librerías de calidad y lectores habituales, que fue el que finalmente impulsó la novela hacia las listas de los más vendidos. Lo curioso es que este es un camino hoy despreciado por las grandes editoriales, que sólo recurren a él cuando han fracasado otras fórmulas o cuando no tienen presupuesto para acciones más ambiciosas.
Y no es el único elemento con aire antiguo que se cita en el éxito de Larsson. Empezando porque su misma obra se adscribe inequívocamente a esa tradición que unía género negro y crítica social y que permitía compaginar cierta calidad literaria con la intención de entretener a un público amplio. Además, Larsson era un novelista de los de antes. Gordo, amante de la comida, gran adicto al tabaco y al café y de pasado políticamente combativo. Cumplía, en fin, casi todos los estereotipos que se adjudicaban a esta clase de escritores. Y ahora que casi todos quienes firman una novela se dicen amantes de los placeres comedidos, de la comida sana, de las bebidas sin alcohol y del gimnasio (y más aún cuando comienza a implantarse la idea de que un buen físico es una baza considerable a la hora de abrirse camino en la literatura), esa imagen no dejaba de ser negativa: alguien que no se cuida, que no se preocupa de sí, no es bien visto en el suelo público; no parece muy de fiar: despide un inequívoco aroma a fracaso.
Sin embargo, si hay algo por lo que se ha valorado la novela de Larsson es precisamente por su modernidad, es decir, por su utilización de rasgos antiguos para nuevos propósitos. O, más precisamente, por la forma en que esos elementos se combinan con las demandas de nuestro tiempo. Lo que se dejó notar especialmente en la acogida que le dispensó la prensa española (más o menos similar a la europea), a la que no le llamó la atención ni la calidad de la obra ni que ésta abordase temas candentes sino la figura del escritor; los periodistas no necesitaban otra novela que reseñar, sino una historia para ser contada. Y la de Larsson era más que llamativa: su muerte, justo en el instante en que entregó las tres novelas que conforman Millenium a su editor, la situación en que ha quedado su viuda, excluida de los beneficios que han procurado los derechos, los apuros económicos en los que vivió y su combate contra la ultraderecha son aspectos que resultaron a los periodistas mucho más interesantes que la novela en sí. Y esa parece ser la primera lección para darse a conocer hoy: que hablen de ti, no de tu obra.
El segundo elemento novedoso, y a decir de muchos especialistas (y de algunos lectores), la verdadera causa de su éxito, está en la frescura que aportó a un género poco dado a ella. En ese sentido, Millenium posee un personaje, Lisbeth Salander, que encarna toda la innovación que requieren nuestros tiempos. Ella es una chica menuda, oscura, herida, de memoria prodigiosa y experta en descubrir secretos ajenos gracias a sus conocimientos informáticos, y su estética y sus creencias parecen corresponderse (ese descreimiento, esa tendencia a autoprotegerse) con los de una época más compleja y ambivalente que aquella del fordismo en que floreció el género negro. Por eso se piensa que esa hacker dura y atormentada es su gran invento y el mejor ejemplo de la evolución a que los autores deben someter a sus obras; gracias a ella (gracias a su renovación de los estereotipos) Larsson consiguió situarse en la misma época que sus lectores, alcanzando así a públicos más jóvenes con personajes en los que pueden reconocerse.
Es cierto que en otras épocas se hubiera enfocado el asunto de otra manera, entendiendo esencial en la buena aceptación de la novela la crítica que realiza su autor a las grandes empresas, a los chanchullos financieros y a una libertad de expresión amordazada por el dinero. Sin embargo, nuestros tiempos encuentran la clave del éxito en una chica de pintas punk, hacker de profesión, que se opera para ponerse tetas y que tiene un notable punto psicópata.
Y es que aún vivimos presa de las metáforas de la modernidad, esas que entendían la novedad, habitualmente ligada a los avances científicos y tecnológicos, como la solución perfecta. Según esa perspectiva, vivimos en un mundo en continuo progreso, que produce nuevos avances a cada instante y donde es imprescindible ser capaces de adaptarse a circunstancias siempre cambiantes. En ese sentido, quien se detenga, quien no sea capaz de seguir aprendiendo y de seguir poniéndose a la altura de las innovaciones, acabará inevitablemente desfasado.
Y ese es también el esquema de pensamiento que suele aplicarse al mundo del libro. Hace pocas fechas Joaquín Rodríguez detallaba en su blog ( http://www.losfuturosdellibro.com/ ) las razones que habían llevado a cerrar Archipiélago, la (notable) revista que codirigía con Amador Fernández Savater. Su diagnóstico, que extendía al conjunto de las revistas culturales, señalaba cómo los suscriptores cada vez eran menos, las dificultades para la distribución se habían multiplicado (los puntos de venta tradicionales de las librerías desaparecían y los distribuidores les huían o ignoraban), no supieron/ pudieron atraer anunciantes y tampoco lograron acercarse al público joven, especialmente al universitario. Una serie de problemas que, además, estarían afectando a la totalidad de quienes trabajan con el papel impreso, desde el libro hasta la prensa y que son producto, según Rodríguez, de la falta de visión de un sector que no ha sabido realizar con éxito la transición al mundo digital. En resumen, el libro habría quedado anclado en viejas formas y certezas mientras que los tiempos digitales exigen nuevos enfoques y conocimientos y el resultado de ese desencuentro sería una brecha enorme entre quienes producen los contenidos y sus destinatarios últimos, los lectores.
Sin embargo, ese diagnóstico, como el que se aplica a Millenium, es el mismo que encuentra en la novedad, esto es, en los adelantos científicos y tecnológicos, la salvación para toda clase de cuerpos: físicos, sociales, literarios...Y no deberíamos dejarnos cegar por tales metáforas. Si el libro de Larsson ha triunfado ha sido porque, en primer lugar, ha recibido el apoyo de la prensa de papel. En segundo, porque después de una época de best sellers de trama y escritura más que deficientes, encontrarse con una novela bien escrita, que se lee de un tirón y que tiene personajes interesantes ha permitido a los libreros y lectores recomendarla sin reservas; y, en tercero, porque la empresa que la editaba poseía los recursos necesarios para aprovechar el interés suscitado y la infraestructura adecuada para que el libro estuviese bien presente en todas las tiendas. Y puestos a encontrar algo novedoso en el texto de Larsson, bien podría hablarse, más que del dibujo del personaje femenino, de su actitud; Lisbeth Salander es un eslabón más en esa tendencia de las narraciones contemporáneas a vestir a sus mujeres con estereotipos antes masculinos. En realidad, ese punto rencoroso y vengativo que hace especial a Salander (y que se incrementa en el segundo volumen de la serie) no está muy alejado de la justiciera reivindicación del ojo por ojo que practicaba Harry el Sucio...

Del mismo modo, bien puede decirse que si las revistas culturales y muchas pequeñas editoriales están dejando de vender no es por su nula presencia en la red sino porque no llegan a su público. En ocasiones porque sus contenidos no resultan lo suficientemente atractivos, en otras porque la distribución se ha convertido en su peor enemigo, en otras porque no han sabido encontrar los canales adecuados para que su producto sea conocido. Y en esa tarea de conseguir un nuevo espacio Internet es, sin duda, un arma más, pero no la solución a los problemas: creer que lo virtual puede cambiar por completo el mundo material nos hace caer en frecuentes errores.
El entorno del libro y de las revistas culturales está transformándose, sí, y es imprescindible reflexionar sobre las posibilidades que se abren y las que se cierran. Pero siempre teniendo en cuenta que toda posible solución no debe olvidar ninguna de las patas de la mesa: qué contenidos producir, cómo difundirlos y cómo y dónde venderlos. En ese sentido, más que fijarnos en la potencia de lo nuevo y en las promesas de la tecnología, deberíamos hacer en experiencias más modestas pero reales. Empezando por algunas pequeñas editoriales ligadas a la derecha política que están encontrando dónde distribuir sus productos, que los han promocionado por otros caminos y, sobre todo, que han sabido crear (más que encontrar) a sus lectores.